Destino Cote Lai

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Destino Cote Lai

Publicado en el Año 5 Nro 10 del mes de Agosto 2021 pág.6

 

 A las tres de la tarde, desde la estación central de trenes de Resistencia partimos hacia Cote Lai, a más de sesenta kilómetros de nuestra capital. Beto Guarneri nos dio un aventón en su Land Rover –luego nos buscaría para traernos de nuevo a nuestra capital–. Antes de salir, en el Cecual hicimos una foto tirados en el capot. A pesar de la modorra se nos ve frescos, preparados para una cacería o dispuestos a tomar por asalto el Amazonas. Pero algunas fotos son así, pliegues en el tiempo, algo que podría estar ocurriendo en otro plano de la existencia.
Quizá haya sido el efecto dopamina de las tres costeletas de cerdo con ensalada de tomate que almorcé, pero al llegar a la estación automáticamente mis sentidos se achaqueñaron. Me refiero a la gatera que nos acompaña a los habitantes de este trópico y hace que la siesta sea un tanto deprimente, un poco corrosiva. A la estación de trenes le falta una baldeada. O una barrida de vez en cuando. Un perrito negro y desmechado se seca la sarna al sol; un chico va y viene jugando con una placa de radiografía. Sólo hay tres bancos de madera para esperar, y estaban repletos. En ellos se despatarraban señoras, madres jóvenes dando de mamar, hombres mirando un punto mental inabarcable.
Hay varios mitos sobre este trencito de dos vagones. Uno popular es que se detiene a juntar pasajeros en cualquier parte del trayecto, sólo basta con hacerle señas como a un colectivo. La locomotora y su vagón complementario ayudan mucho a esta fama: cuando entramos a la estación estaba detenida, ronroneando cual tacho de línea 8, calentando motores. Quizá el mito sea real y estemos ante el esqueleto de un colectivo, maquillado con el yelmo de una potente máquina de rieles.
Si lo de la gatera chaqueña les perece excesivo, visiten la estación. Al costado de las vías encontrarán un horizonte de pastizales y fábricas abandonadas a lo lejos. Y trece vagones con locomotora abandonados a la intemperie, revestidos de un marrón intenso a causa del óxido. En la boletería pregunté si sabían desde cuándo está parado ese cacharro. Me dijeron que hable con el operador. Fui hasta su oficina, golpeé y entré. Había cinco tipos riendo, distendidos, y cuando dije que era periodista fue como si llegara la peste. Uno se puso de pié de un salto y tensionó los músculos de la cara. Dejaron de reírse. Hice la misma pregunta: hace cuánto está parado ese tren. El operador balbuceó algo. De lo que pude entender, sonó a “hace como quince años, sacale foto si querés”.
El tren, cuando llueve demasiado y los caminos se anegan, es el único transporte que sigue funcionando de lunes a viernes. No todos tienen una camioneta potente para los caminos de tierra del interior chaqueño. Más que un medio de viajar barato y placentero, el trencito es un burro de carga, pues lo que más se ve son bultos, bolsos, cajas y trastos de todo tipo y peso.
Lo que para nosotros, nómadas, es una aventura para otros es una sofocante rutina. En los rieles prevalece la inercia de la vida recta. En un viaje en tren todo ocurre a los costados, hacia fuera. O en la cabeza del viajero. ¿Qué podemos hacer? Charlar con el vecino, mirar por la ventana y contar vacas y palmeras. O chismosear, como yo. ¿Qué dicen esas tres señoras que no paran de hablar? Una de ellas, rolliza y con una remera verde ajustada, se lamenta porque la operación de su perra Rottweiler le costó 1200 pesos.
Hace más de una hora que estamos viajando, faltan dos para llegar y no puedo dormir. No vinimos a eso, pero si quisiera no podría. Para dormir en el tren hay que estar agotado, sedado, aburrido o haberse manducado dos platos de ñoquis. Aunque afuera hay sol, el vagón se sacude como en una tempestad en el mar. Parece que todas las tuercas y bulones se han aflojado y, si los milagros existen, sería uno no terminar el viaje a pie o empujando. Al menos, el temor de que descarrile se aleja: se desarmará antes.
De todas maneras, el cuerpo termina por aflojar y cede al traqueteo. Es falso decir que nadie se duerme. El tracatrac tracatrac es una droga que nos vemos obligados a succionar. Onomatopeya elemental, el mantra de los rieles.
Muchos han visto pasar el tren y saben que por fuera es azul y blanco, o gris y blanco. Pero por dentro hay un celeste, ¿pastel? ¿helado crema del cielo? Nada de eso. Es un celeste aferrado al polvo y la dejadez. Es el celeste que seguro veían los antiguos griegos cuando morían y visitaban el Olimpo.
La primera parada desde que salimos fue en Cacuí. Hasta ahí sobraban asientos y el primer vagón iba casi vacío. A partir de esa estación, el viaje entró en su dimensión mítica. Subieron más pasajeros, se ocuparon todos los asientos y aparecieron los fardos de verduras (¡un suculento mazo de lechugas!), ventiladores, lavarropas, cocina, silla de ruedas, cajones de madera con ropas, bidones de desodorante de piso; bolsas de chizitos y tutucas, baldes de plástico, pañales y paquetes de puré de tomates y galletitas; bolsas de harina y de alimentos para perros; ¡hasta un colchón de dos plazas! ¿Cómo entró ese colchón? ¡No sabemos! En estos vagones todo es posible y nada demostrable, como en el universo. Al colchón lo calzaron con prolijidad entre los pasamos y el techo. Viajó hasta Cote Lai sin molestar. Y sanseacabó.
En Cacuí, en medio del tumulto por subir y ganar un asiento, una chica gritaba pidiendo ayuda. Tenía cosas suficientes para una mudanza, pero no quería subir y se desesperaba porque un hombre con pinta de mendigo le subía los trastos al tren. No le hacía caso y cargaba las cosas. La chica llamó a la policía. Pidió que intervengan. No quería irse y decía que “hombre está mal de la cabeza y no entiende; es mi vecino y se escapa de la casa”. Pasó un vendedor de chipá gomoso y pegote al que le compramos por veinte pesos. El tren partió y seguimos.
Uno de los enigmas que deja el viaje en tren está en la parte trasera, donde termina el segundo vagón. Allí hay una segunda cabina. No es la del maquinista, por supuesto. Es un compartimiento para una o dos personas. El que trabaja en ese puesto, ¿alucina con ese paisaje que se aleja y jamás llega? ¿Qué emociones altera ese irse constante en el vigía trasero?
Cuando en la década del sesenta Henri Michaux visitó la India, anotó que allí no había “nada para ver y todo para interpretar”. Si hubiese hecho este viaje con nosotros, supongo que habría tenido la misma impresión.

 


 

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