En enero de 2017 viajé sola a Marruecos. Recorrí el país en colectivo y tren desde el noreste hacia el centro, luego al sur, sureste y subiendo hacia el norte de nuevo: Tetuán, Chefchaouen, Fez, Merzouga, Marrakech, Essauira, Arcila, Tánger.

Se trata de un país con una mezcla muy particular. La cultura árabe, la de los amazigh -o bereberes, una de sus tribus ancestrales-, los vestigios portugueses, españoles, franceses, aparecen en sus distintas intensidades a lo largo del camino. En el norte es posible hablar español y escuchar guitarras andaluzas. Hacia el corazón de su mundo antiguo, en Fez, brilla o se descascara todo eso que es posible imaginar que ocurría entre los muros y portales que encierran a las partes más viejas de las ciudades marroquíes: las medinas. A medida que los caminos se dirigen al sur, las pieles se oscurecen por el contacto con el sol vibrante del desierto, y en la radio suenan canciones propias de nuestro imaginario de lo africano. En el este, con sus costas expuestas al intercambio y las grandes ciudades reconocidas como epicentros económicos y políticos, aparecen las imágenes más occidentalizadas del reino de Marruecos. Pero durante todo el recorrido hay constantes: el té con menta se repite como una ceremonia infaltable, al igual que el llamado a la oración que cinco veces al día se escucha en todos los rincones.
Fue el día a día lo que más me deslumbró de un viaje que duró casi un mes: el correteo de las mujeres haciendo compras y regateando en los mercados, los vendedores y artistas callejeros, los comerciantes de antiguedades, los carniceros exhibiendo las reses al aire libre, los acarreadores de mercaderías en burro, los contadores de cuentos, los rostros endurecidos del desierto, el andar de la gente que habita aquellos rincones del mundo, que casi podrían aparecer entre los renglones de los textos de ítalo Calvino.

De las cientos de fotografías que tomé de las ciudades, sus colores y callejuelas inexplicables, de los gatos, alfombras y telas o los paisajes del desierto, elegí estas capturas que retratan momentos de la cotidianeidad de un país, algunas en sus aspectos menos turísticos.