La rutina suele traer consigo la ceguedad en el entorno. Transitar cada día por los mismos lugares, calles y rutas, hace al paisaje un lugar cotidiano, un lugar donde la rutina empieza a esconder historias de vida propia y ajena.

Toda rutina en algún momento tiene un quiebre, siempre se encuentra algo que nos da ese click en la cabeza y lleva nuestra atención –en esa cotidianeidad- a cosas nuevas.

Haber pasado por el astillero naval del Puerto Rawson -Chubut, Argentina- fue uno de esos click. Habrán sido las chipas al final del día, o la movilidad constante de esos trabajadores, que de manera incesante viven y conviven en la costa del río.

Decido entonces aventurarme a cambiar mi rutina y en ese submundo tan cercano a donde vivo pero tan desconocido para mí decido ingresar.

Era una tarde de invierno, me acerco al área de trabajo y veo como tantas cuadrillas trabajan ensamblando barcos pesqueros –artesanales- desde el punto cero hasta su fin.

Durante mi recorrido, todos me ven como si yo fuese un marciano –o así me sentí- más bien, me sentí extranjero en el lugar, sensación vivida años antes con mi llegada estas costas del hemisferio sur. Aún que fuese tal vez un sentimiento de congoja para muchos, para mí fue de buen augurio. En el frío sur argentino la gente de aquí tiene un corazón