Fue un sábado de junio por la mañana, había bruma, llegamos a Jeppener con nuestras cámaras, el pueblo aún no despertaba: Todo era soledad, los perros que dormían en las puertas de sus casas, se desperezaban a medida que pasábamos y comenzaron a seguirnos, no ladraron, creo que estaban sorprendidos, curiosos, por esos extraños que paseaban y miraban todo a través de esas "cajas raras". Algunos hicieron de guías y nos llevaron a recorrer el lugar. La Estación de Ferrocarril está en el centro, y las casitas se desparraman a su alrededor, lentamente comienzan a aparecer los pobladores, algunos a pie, otros en bicicleta y se juntan en la esquina de la panadería, la única.

 

Atraída por la vía que pasa por el medio del pueblo como una arteria principal caminé por ella y tomé imágenes de todo lo que estaba a su alrededor, patios traseros, casas abandonadas, algunos comercios. Para el mediodía comimos un "choripan" en la plaza escuchando el ensayo de la banda del pueblo con sus tambores.

 

Por la tarde nos dirigimos a Altamirano, pueblo cercano con las mismas características, una estación de tren que ve pasar uno muy esporádicamente. Pueblo dormido, sumido en la siesta, blanco, no se veía a nadie, salvo por los perros, siempre presentes, parecía deshabitado. Allí hubo un Taller Ferroviario, ahora abandonado, con vagones destruídos y llenos de óxido. Seguramente fue la fuente de trabajo mas importante del pueblo cuando estaba en actividad. Ahora todo es desolación.

 

Ambos pueblos tuvieron su época de esplendor cuando el ferrocarril los conectaba con el mundo. Ahora todo parece haber quedado en ese punto, cuando dejó de pasar el tren cotidiano y las vías quedaron mudas, secas de la savia vital que las alimentaba. Ambos pueblos se quedaron dormidos, esperando el progreso que no llegó, mirando las vías vacías. Ambos son pueblos en la vía...