Cuando comienza la construcción de una casa, se establece una convivencia con los albañiles. En sus manos está levantar lo que será el espacio íntimo, el hogar.
Este proceso fascinante que se naturaliza a medida que va pasando el tiempo y toma forma más concreta cuando las dimensiones se vuelven cada vez más reales y una casi se imagina cómo será vivir allí dentro.
Es en la techada justamente, cuando ese proceso de construcción cobra mayor misticismo. Se ruega que no se largue la lluvia si los días vienen muy nublados. Es
como si los albañiles se coordinaran de las 9 de la mañana a las 5 de la tarde para darle cierre a toda la estructura inicial.
La mezcla, las máquinas, los baldes pasando de mano en mano, haciendo una cadena que una vez que comienza no se detiene hasta el final. Es una especie de ritual.