Múltiples escenas transcurren en el ámbito de las carreras de caballos profesionales. Formas dispares, de infinitas continuidades abren un espacio dinámico y colectivo. Las páginas de "La Fija", esa revista de estadísticas que no puede faltar en una tarde de carreras, se lee con avidez creyendo con fe celestial en su veracidad. Personas de diferentes orígenes y posición social caminan vivamente por los circuitos del hipódromo, esperando sólo un solo un sonido glorioso la de la campana de largada. Las señoras y señoritas de alta sociedad propietarias de caballos o amantes furtivas se pasean más preocupadas en mostrarse ante los demás, que el acontecimiento posterior. Dueños y cuidadores de caballos, nerviosos y con gesto severo por lo que pasará, tratan de acondicionar todo para que el caballo rinda sus dividendos. Apostadores populares se consultan entre ellos a ver a quien apuestan, siempre tratando de resaltar ante el otro por su saber de estadísticas y templanza animal. Los Jockeys esos hombrecitos de construcción ligera y atlética en las preliminares hablan con sus patrones, despreocupados pero tensos, sabiendo que gran parte de su futuro depende de un animal. Los ganadores levantan el trofeo como propio, pero en su cabeza permanecerá marcado el agradecimiento a ese caballo que le hizo ganar y asegurarse su continuidad. Pero el verdadero dueño del espectáculo es el pura sangre, es hermosa mezcla de lealtad y respiración agitada, capaz de saber que su misión es ganar. GUS DEMARIA. Buenos Aires 2016.